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CHANUKAH*
Ella era mi salvación: Raquel Posner. Así quería creerlo y así se lo hice saber cuando por teléfono le pedí que nos viésemos en mi nueva casa esa misma tarde. Ella aceptó sin pretextos y yo me sentí agradecida, por esa prueba de confianza ante una desconocida.
Fue puntual a nuestra cita. Se mostró sonriente y entró en el salón aceptando mi invitación con agrado. Me sorprendió su naturalidad. Con el primer café hablábamos como si nos conociéramos de toda la vida. Se mostraba receptiva, relajada, segura de si misma. Me disculpé por no poder ofrecerle una estancia más acogedora. Las cajas de la mudanza, todavía sin abrir, me delataban como anfitriona desmañada. Las paredes altas y diáfanas de una casa anónima, desnuda y vieja no parecían incomodarle, y eso me hizo recordar la agradable y acogedora sensación que percibí en la primera incursión a solas en el piso, el día que me entregaron las llaves. A pesar de haber estado cerrado durante años, no denotaba haber sufrido el paso del tiempo. Frío y vacío... a excepción de una cómoda en el salón y un par de mohidos recibos en sus cajones, único vínculo con su pasado y con Raquel. Así fue como dí con ella, y poco más sabía. Tan sólo la suposición de que posiblemente, hubiera vivido en mi casa antes que yo.
Me trataba con familiaridad, o al menos... así me lo hacía sentir. Su actitud era contagiosa y no tardé en abrirme y contarle todo tipo de fugaces meditaciones. Y entre lo uno y lo otro le expuse mis temores sin amedrentarme, a sabiendas de que no tardaría en tratarme como a una trastornada. - "Antes de dormir, a menudo viene a mi mente una imagen en blanco y negro. Una imagen que nunca antes he visto y que no soy capaz de identificar: En el centro se distingue un candelabro de nueve brazos, que dejado en una ventana asoma a la calle; a través del cristal se puede ver una esvástica nazi hondeando en la bandera de un edificio cercano. Después en mi cabeza se dibujan una serie de palabras, versos en una lengua extraña que no acierto a descifrar, y cuando hago intención de transcribirlos a papel, la imagen desaparece de mi mente.Y así, día tras día, desde que me vine a vivir a esta casa..."
"Juda verrecke"
Hago una pausa esperando que la expresión de su cara me dé indicios de sus pensamientos, pero se muestra como oyente ante un relato inacabado, y me invita a que continue hablando. Por primera vez desde que comencé esta historia, dudo.. me siento insegura y titubeo al dirijirme hacia ella de nuevo :
- Cuando encontré los recibos de alquiler con tu nombre, me sorprendió reconocer en ellos el mismo tipo de caligrafía que identifico en mis.. alucinaciones... y pensé.. que... tal vez tú...
Raquel no pierde la compostura. No altera su mirada penetrante y dulce. No parece ni preocupada ni sorprendida. Se sirve un poquito más de café, y me suple en la continuación de un monólogo que se alargará hasta entrada la noche.
Me habla de cómo se vivió el exilio durante la Segunda Guerra Mundial. Relata historias del pasado con una emoción y sensibilidad que enmudece al silencio. Mientras la escucho con empatía, me cuestiono su edad con un irracional pensamiento que le sitúa en el lugar de los hechos. - Es imposible... a duras penas pasa la treintena... - me digo, dudando de lo evidente.
Había pasado al menos un mes desde nuestro encuentro, cuando reapareció ante mis ojos la imagen en blanco y negro. Fue en el Museo de la Historia del Holocausto en Yad Vashem, durante un reportaje en televisión. Sobra decir que no quito ojo de la pantalla mientras explican que es una fotografía tomada en 1932 durante la celebración del Chanukah, por la mujer de un rabino llamado Akiva Posner, perteneciente a la comunidad judía de la ciudad de Kiel, Alemania. En la parte posterior de la estampa hay unos versos escritos por la Sra Posner. Son palabras que ahora reconozco con facilidad...
Así a bandera dice: "Muerte a Judá", así la LUZ responde: "Judá vivirá siempre"
Durante el Holocausto, los judíos enviaron cartas a familiares y personas amadas. Memorias, fotografías, dibujos y diarios, que documentan el crimen y perpetuan el recuerdo de la catástrofe. Algunas de ellas son la expresión de la esperanza en la supervivencia, de la rehabilitación, o de la reunificación de familias. Son testigos del horror de primera mano, contados en primera persona.
Si pretendo escapar de la sinrazón, tengo que ampararme en los consejos de mis amigos, que tildan mi experiencia como lo más parecido que conocen a un déjà vu. No he vuelto a ver a Raquel ,ni a saber de ella después de nuestra primera cita en casa. Para explicar la coincidencia entre su nombre y el de alguien que vivió hace casi cien años, tengo que recurrir a la casualidad. Terminé de instalarme en el piso. En el salón cuelga una reproducción de aquella foto, testimonio de una parte de la historia que nadie debiera olvidar y de la que todavía tenemos mucho que aprender.
Y para terminar mi relato, la voz de Raquel en mi conciencia cuando se despedía de mi aquella noche...
“Quien escucha un testigo, hace un testigo.”
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Margarita
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